miércoles, 18 de mayo de 2011

¿Qué recuerdo de mi primer día en Maracaibo?

Ver el Lago y el puente desde la ventanilla del avión que venía desde Caracas. Eso y mucha tierra naranja alrededor.

Recuerdo el olor. El calor tiene olor, ¿sabían? Maracaibo huele a eso.

Luego, el olor del aire acondicionado en el primer taxi, el carro más viejo en el que me montaba jamás; pero estaba como nuevo.

Recuerdo ver los edificios a lo lejos cuando subimos algún puente en la autopista. Maracaibo se veía como menos me la imaginaba.

Recuerdo tanta cosa en la televisión que de verdad no entendía. Y la primera malta en la recepción del hotel.
Esa noche salimos a comer, ingenuamente, caminamos por la av. Delicias, no pasó nada. La gente estaba en la calle como si nada.

Recuerdo ver por primera vez, mientras comíamos en un puestico, tipos en motos (sin casco) levantando la rueda delantera, yendo y viniendo.

Recuerdo mi decepción ante la arepa venezolana (comprendan, siempre fui quisquilloso con la comida y sólo me gustaba la arepa de mi casa).

No sentí calor el primer día. Maracaibo es buena engañando a la gente, ahora lo sé.

Por último, recuerdo el rumor del aire acondicionado en el hotel. No me dejó dormir, me levanté varías mañanas como a las cinco, con calor.

***

Esta entrada debió hacerse hace poco más de un mes. Ahora caigo en cuenta de que la secuencia de tweets que hice el día que cumplí 9 años de haber llegado a Maracaibo –el 12 de abril de 2002; sí, justo en algunos de los días más turbulentos que vivió Venezuela en los últimos años– son realmente fieles a lo que fue ese momento para mí.

Lo dejo aquí a manera de registro, de algún modo siento que sería una lástima que se perdieran. (puede que haya variado su orden original)


Fotografía: Shadows at dawn by elbrutal

jueves, 17 de marzo de 2011

Resiliencia


Sí, la tragedia llegó, otra vez un once, como muchos comentaban por ahí. El once las bombas, el once los aviones, el once las torres, el once las olas. Japón fue el elegido de este año para pasar la prueba; 2010 fueron Haití y Chile. Pero, bueno, catástrofes siempre ha habido, el presente se encarga de magnificarlas hasta convertirlas en hechos sin precedentes; así pasó Pompeya a la historia, así pasó con México D.F., con Los Ángeles; pero eso fue en otro siglo y en otras décadas.
El detalle en esta ocasión es que Japón no es la primera vez que se ve obligada a enfrentar una catástrofe humana de dimensiones alarmantes. ¿Cómo explicar el resurgimiento de una sociedad que se ve golpeada de tantas formas y, además, tantas contenidas en un solo siglo? La respuesta es la misma al por qué un niño que lo pierde todo siendo tan solo eso, un niño, logra llegar más lejos que el muchacho más privilegiado. Existe un estado mental y físico que impulsa a ciertas personas a lograr  con muy poco lo que otros no alcanzan teniéndolo todo. Pero yo no soy especialista en psicología ni un gran teórico, lo mío por ahora se limita a las palabras y todo esto se reduce a una, muy curiosa, por cierto, y muy nueva ─apenas fue agregada a lo que será la vigésimo tercera edición del diccionario de la Real Academia Española─; la palabra es: Resiliencia.
Leyendo una de las recientes novelas de Mario Mendoza, Buda Blues (2009), me tropecé con la palabra, y ver el concepto que encierra, explicado por el personaje principal (Vicente) en una carta a su mejor amigo, me invita a compartir con ustedes el siguiente fragmento:


«Ahora, para explicarte bien cuál es mi trabajo con esta comunidad tengo que aludir a un concepto básico que no sé si conoces: resiliencia. El término, originalmente, se refería a la física, a la cantidad de energía que un material es capaz de soportar antes de comenzar a deformarse. El ejemplo ideal eran los cables submarinos y otros de este tipo que aguantan altas temperaturas y presiones submarinas sin perder su forma y su consistencia. En 1970, Michael Rutter lo aplicó a la mente humana al estudiar la capacidad que tienen algunas personas de recobrarse después de haber sido sometidas a altas presiones. Y finalmente el etólogo Boris Cyrulnik se dedicó a estudiar los sobrevivientes de los campos de concentración, los niños de orfelinatos rumanos y los gamines* bolivianos, y llegó a la conclusión de que la resiliencia era un comportamiento clave en sociedades que tienen que pasar por experiencias negativas y traumáticas. De hecho, después de catástrofes que azotan grandes comunidades, los equipos de ayuda clasifican con rapidez a los sujetos en prorresilientes y no resilientes, es decir, aquellos que aguantan la presión sin perder su equilibrio interior (muchos de ellos incluso salen fortalecidos), y aquellos que se deshacen y se desmoronan ante el estrés, el dolor y la pérdida. En nuestras sociedades latinoamericanas hay casos extraordinarios de niños resilientes en barrios marginales y comunidades segregadas, niños cuya capacidad de vida y de alegría parece indestructible. Recuerdo el caso de una favela aquí en Río que se inundó en invierno y se vinieron abajo algunas de sus casas. Los organismos de socorro tuvieron que llevar a los sobrevivientes a un estadio de fútbol cercano. La gente estaba desesperada, muchos de ellos en shock, y de repente un psicólogo de nuestra fundación vio a un niño de unos ocho años, que había quedado huérfano, con un balón de fútbol en un rincón del estadio. No tenía casa, sus padres y sus hermanos habían muerto, estaba sin desayunar y sin almorzar, y el pequeño se puso a hacer una veintiuna* con el balón. Eso es resiliencia, una misteriosa fuerza que tienen algunos sujetos y que impone la jovialidad por encima de cualquier adversidad.
        Otro de los casos más conocidos es el de Carlitos, un niño carioca que sorprendió a unos investigadores cuando descubrieron que vivía solo en un lote abandonado, que no tenía ningún familiar vivo, que mendigaba en la calle y que transportaba alimentos en la casa de mercado, que nunca había tenido acceso a la escuela y que, sin embargo, era un niño feliz, sonriente, que en sus horas libres se la pasaba jugando fútbol y nadando en la playa. Cuando los psiquiatras y los trabajadores sociales ahondaron en la vida de Carlitos, se dieron cuenta de que parte de la audacia de ese niño había estado en crear lazos muy fuertes con la comunidad que lo rodeaba. Les llevaba el mercado a sus vecinos ancianos, tenía un grupo de amigos muy cercanos, los vendedores de la plaza lo querían y lo protegían, e incluso la relación con su perro, un animal callejero que andaba con él para arriba y para abajo, le brindaba una seguridad afectiva a toda prueba. Es decir, parte de la resiliencia de Carlitos estaba en las amistades que había creado, lo cual indicaba que aquél que es capaz de multiplicarse en otros hasta construir un nosotros es mucho más fuerte que aquel que se queda solo y atrapado en la insignificancia de un yo. Uno de los grandes problemas de la vida contemporánea, con su individualidad excesiva, es que aísla a las personas hasta debilitarlas y muchas veces matarlas. La resiliencia es, entonces, la capacidad de resistir a ese aislamiento y de regresar a las viejas reglas de la tribu.»


        Esta es, entonces, otra base sobre la que se siembran las esperanzas de superación de muchas vidas atribuladas. 
       Ya se cumple la primera semana después del duro golpe que a esta hora todavía sacude a Japón, y ahora tengo, por fin, una palabra para referirme al gran espíritu de superación que tanto nos demuestran.

*Gamines: indigentes.
*Veintiuna: juego de dominio del balón pateándolo repetidas veces con el mismo pie sin dejarlo caer.

Fotografía: "Torii" por © Thomas Leong

domingo, 27 de febrero de 2011

Hacerse el loco: mal de muchos, gloria de pocos


«Cuando estoy entre locos me hago el loco»
Diógenes el Cínico

Don Quijote nos ha dejado muchas cosas que aprender. La primera –y tal vez la más importante– es que para escribir grandes historias es necesario saber mentir muy bien. Nos ha dejado el camino hecho para escribir la novela moderna, la estructura triunfal para todo personaje de ficción. Nos mostró que la locura es un mal que todos sufren y que a algunos les es necesario pasar por ese camino para encontrar la cordura. Pero, más que todo, esto nos enseñó algo que no parece haber quedado claro: los verdaderos culpables de la locura de los hombres de este mundo son aquellos que insisten en hacerse los locos frente a los actos de locura que presencian.
Don Quijote más que un loco fue un hombre ingenuo, inocente como un niño y, por supuesto, soñador. Sufrió del mal de verse como un león frente al espejo siendo apenas un gato desnutrido. Don Quijote se impulsó a sí mismo para demostrar que era quien nadie le pidió ser, que hacía lo que nadie le había pedido que hiciera y que decía lo que nadie le había pedido que dijera. Y el problema es precisamente ese: que nadie le dijera, que nadie le pidiera, que todos se hicieran los locos. En más de una ocasión Don Quijote se topa en sus imaginadas aventuras caballerescas con gente que al cabo de un rato lo reconoce como un chiflado, sin embargo nadie se lo dice, le siguen el juego; «es que a los locos hay que seguirles la cuerda», ¿de dónde la gente sacó eso, ah? El caso es que así lo hicieron con nuestro Caballero de la triste figura, sin darse cuenta le alimentaron la locura, ya fuera quemando sus libros, dándole pedradas, robándole su armadura, poniéndolo en ridículo, moliéndolo a palos; eso, bien sabemos, no era suficiente, el loco Don Quijote vio lo que le dio la gana ver y todo era hechicería, todo eran trucos de sus malvados enemigos. Y bueno, agradecidos debemos estar que no lo hayan hecho caer en cuenta de su locura, porque así obtuvimos una de las más fascinantes historias y uno de los personajes más queridos de la literatura universal. Pero, ¿no es acaso la conducta que vemos en esta novela algo que se ha venido repitiendo hasta nuestros días, minando la escena pop mundial de Quijotes que se bambolean, chillan y, aun así, venden; de fieros creyentes de lo que hacen, aguerridos defensores de su arte e irracionales justificadores de talento, cuando a sus espaldas más de medio mundo se burla de sus desaciertos –por no decir–, «de su evidente locura»?
Andy Warhol, que aquí toma figura de profeta, lo dijo –pero seguramente no tenía idea de lo que realmente significaría–: «En el futuro todo el mundo será famoso durante quince minutos. Todo el mundo debería tener derecho a 15 minutos de gloria». Luego pasó la década de los 70, 80, 90, llegó el nuevo milenio, se esfumó la primera década y al parecer todo el mundo creció con esa bendita frase del señor Andrew entre ceja y ceja.
Hoy miles exponen sus vidas, gustos, intereses, carreras, trayectorias en un medio que resulta imposible regular, así que fácilmente podemos tener frente a nosotros miles de falsas vidas, falsos gustos, falsos intereses, falsas carreras y falsas trayectorias. Antes de que Internet fuera una herramienta masiva tenías que hacer algo verdaderamente relevante para salir a la luz pública, hoy sólo necesitas un correo electrónico y el deseo de publicar, en cualquiera de las miles de páginas que existen, cualquier cosa que hagas. Youtube.com es la ventana para exponer al mundo estos perfiles de búsqueda de reconocimiento con cualquier tipo de material, ya sea una mala sátira, una caída, una pelea o un éxito bailable hecho en el patio trasero de una casa ajena.
Las celebridades de Youtube no tienen nada que envidiarle a nuestro famoso hidalgo y al mismo tiempo deben envidiarle todo –hasta me estoy arrepintiendo de haber hecho tal comparación–, porque a fin de cuentas todos han salido a mostrar algo que nadie les pidió que mostraran y para colmo lo hacen de tal manera que se convierten en un puñado de hazmerreír que nos ofrecen horas ilimitadas y gratuitas de entretenimiento. No hay crimen, no hay nada que sancionar o censurar, ellos lo publicaron y son víctimas de su propio invento; el problema es cuando estos Quijotes 2.0 malinterpretan el exceso de atención. Casi todos estos autoproclamados artistas se regodean, se les llena la boca diciendo que han tenido miles de millones de visitas en Youtube, creyendo que esa es la prueba máxima de su éxito. Nosotros, del otro lado –siempre del otro lado– nos regodeamos viendo una y otra vez el video que sencillamente nos parte de la risa. Insisto, no hay crimen. ¿Dónde está el problema de todo esto, entonces?
La sociedad llega a un punto de seguimiento de las masas en el que se desconoce a sí mismo y a los demás. En pocas palabras, todos nos hacemos los locos. «¿Que La Tigresa del Oriente es una señora desubicada, sin talento alguno para surgir como artista? Ah, pero déjenla en paz, que a ella le gusta lo que hace, y es para cagarse de la risa verla, déjenla». Somos cómplices absolutos de toda la mediocridad y la payasada que contiene el abuso de los medios sobre la figura de la señora Judith Bustos, vergüenza enmascarada de orgullo nacional peruano por unos cuantos promotores aprovechados.  «Ah, que viene a Maracaibo, y fue para Barranquilla y es un éxito en Argentina y México» Fue un éxito, sin duda, todos tuvieron oportunidad de reírsele en la cara. Dejémonos de hacernos los locos para que otros no sigan con sus locuras y hagan justicia a su condición y empiecen a vivir dignamente. Sin embargo, me pregunto: ¿qué vida habría tenido el señor Quijana en aquel lugar de la Mancha si tanta gente no le hubiese seguido la cuerda?
Seguimos tendencias a corriente suelta sin preguntarnos para dónde se dirige y de seguro que va hacia el despeñadero más cercano. Así es en todo: música, arte, literatura. El polémico artista inglés, Banksy, nos lo demuestra en su documental –o al menos así lo han catalogado– Exit through the gift shop (2010) que esta noche está nominado en la categoría a mejor documental del año en otra entrega de los premios de la Academia. No les contaré de qué trata la película –la considero más una película que un documental; es más, está tan llena de ficción como el mismísimo Quijote–, pero sí les diré que es la prueba máxima de que vivimos un mal de masas que alimenta al que dice tener la razón, al que dice estar a la vanguardia, sólo porque tres pendejos dijeron que así era. Pues esos tres pendejos se están burlando de todos nosotros. Y los tres pendejos muchas veces tienen nombre, en Exit through the gift shop  se llaman Banksy, Shepard Fairey y Thierry Guetta; en la Tigresa, y todas esas mal-llamadas celebridades de Youtube, se llaman Warner Music.
Y no me malinterpreten, Banksy es todo menos un tonto, es un genio al filmar esa película. Le está haciendo a la Academia, y a todos, como hizo en su momento Dada: pintar los cuadros con excremento y que aun así llegaran muchos a alabar sus obras. Aunque no lo crean la misma Tigresa, ahí donde la ven, está haciendo lo mismo –aunque nunca haya estado en sus planes hacerlo de esa manera.
Dejen de hacerse los locos, dejen de aplaudir tanto que cuando menos esperen van a tener muy mal olor entre las manos.

Fotografía: I'm crazy, so what? by Tywak

sábado, 19 de febrero de 2011

El efecto «Sensini»


Nunca he enviado una carta; no un correo electrónico, una carta. De esas que había que guardar en un sobre sellado con el destinatario en su parte frontal y el remitente en la pestaña posterior, de esas que olían a algún tipo de pegante que mareaba, y que podías decorar con esos sellos postales que eran como pinturas sobre lienzos en miniatura alusivos a la ciudad del remitente o del destinatario. Nunca envié una. Ni siquiera en uno de esos simulacros que hicieron en el colegio cuando estaba en primaria, donde una de las tareas de vacaciones de mitad de año (hablo de Bogotá donde el calendario es de febrero a noviembre con un mes de vacaciones entre junio y julio) era enviar a uno de tus compañeros una carta, para aprender cómo debía hacerse y conocer las oficinas postales. Esas vacaciones ─no sé exactamente qué sucedió─ regresé al colegio un par de semanas después de haber terminado las vacaciones, yo había olvidado por completo la tarea de enviar la carta y ya la habían revisado en la primera semana. Total, nunca he enviado una carta.
Debo decir, con seguridad, que nunca podré enviar una ahora que todo lo hacemos por correo electrónico, mensajes por Facebook y mensajes directos por Twitter; y, aunque me reconforta saber que no soy ni seré el único, reconozco que me da cierta nostalgia, sobre todo después de leer el cuento «Sensini» de Roberto Bolaño. El relato es el primero del libro Llamadas telefónicas, publicado en el editorial Anagrama. Habla sobre un joven vendedor ambulante que vive en las afueras de Girona y que, por necesidad económica, decide participar en un concurso literario enviando un cuento. No gana el primer lugar sino el tercero, pero decide contactar al ganador, un escritor argentino, ya veterano, llamado Luis Antonio Sensini, que vive en Madrid. Así empieza la relación entre ambos personajes, un joven y un viejo enviándose cartas, hablando sobre trucos para ganar concursos literarios, literatura argentina y la familia de Sensini (especialmente su hija). El vínculo que se crea entre ambos personajes parece una consecuencia de ese humilde acto de escribir unas páginas, tener el valor de encerrarlas en un sobre para enviarlas y, luego, tener la paciencia para esperar una respuesta.
No lo niego, me hubiese encantado experimentar este tipo de relaciones epistolares donde puedes imaginarte a la persona cuando tienes el primer contacto con la hoja de papel, al partirte la vista intentado descifrar su letra, al acercarte tanto a aquella hoja que crees saber qué perfume usa o qué cocinó el día que la escribió. Una nostalgia heredada del romanticismo, no hay duda. Y sé que es una nostalgia que a muchos embarga, que muchos recurren a la figura de la carta sin darse cuenta. Viéndolo bien, la gente no ha perdido la fascinación por escribir cartas, la necesidad del simple y llano «comunicarse con el otro y hacerle saber qué hay de ti». Por eso el éxito de las redes sociales.
Pero, aún así, me pregunto si es posible tener una experiencia como la del personaje del cuento de Bolaño: enviar un correo electrónico a un escritor y que el día menos esperado te responda y que a partir de eso surja una especie de amistad, o, mejor aún, una complicidad. Incluso me pregunto si aún es posible con cualquier persona, si todavía hay gente escribiéndole a personas del otro lado del mundo, ansiosos por recibir la respuesta y ansiosos por escribirle de nuevo. Si es así, pienso que el mundo necesita más de eso, más confidentes, compañeros epistolares, verdaderos terapeutas. Aunque ya no sea sobre el papel, deberíamos hacer la prueba, escribir cartas unos a otros, sin razones aparentes; tal vez así aumentemos la posibilidad de conocer a un Sensini en algún punto de nuestras vidas.

Imagen: No letters by ~KCT93

viernes, 11 de febrero de 2011

Yo también sobreviví a la masacre en “Pozzetto”


Pasé por el cuarto de mi mamá la otra noche y noté que estaba sumergida en lo que veía en la televisión. Me quedé a ver de qué se trataba. Era uno de estos programas de reportajes de lo asombroso, sobrenatural, insólito, cosas de esas que muchos se creen pero que a otros les produce lo mismo que ver un programa infantil de la BBC de Londres ─un largo “¿qué es esto?” y una sardónica risa interna. El programa reportaba el caso de un fantasma que espantaba a la gente en un edificio del norte de Bogotá. El hombre en vida era conocido como Campo Elías Delgado. De inmediato el nombre timbró mis campanas, sabía que me era muy familiar. Para confirmar, le pregunté a mi mamá si sabía algo sobre eso, me dijo: «ese es el tipo que mató a un poco gente en un restaurante en Bogotá, hace años, y ahora parece que el fantasma sigue ahí, rondando». Hice mi operación mental: Bogotá + restaurante + muchos muertos + Campo Elías Delgado: «ese es Satanás» pensé, sorprendido.
        «Satanás», en este caso, no es exactamente quien se imaginan. Es el título de la novela del escritor bogotano Mario Mendoza y de la película basada en el mismo libro; novela basada en el mismo personaje de cuyo fantasma hablaban en la televisión. Después de sacar mi conclusión me senté a buscar en Internet información sobre Campo Elías, el asesino responsable de más de 30 muertes en una sola tarde-noche. Lo que le ha otorgado la etiqueta de spree killer.
Era colombiano pero fue adscrito al ejército de los Estados Unidos y peleó en Vietnam dos veces. Antes de eso, había estudiado medicina. En Vietnam fue parte de las Fuerzas Aéreas Norteamericanas y desempeñó labores de ingeniero electrónico. Después de la guerra vivió algunos años en Argentina y en Nueva York, pero su gran sueño de convertirse en un gran escritor lo hizo regresar a Bogotá, donde empezó a estudiar idiomas en la Universidad Javeriana (donde entablaría una pequeña amistad con Mario Mendoza que en ese momento estudiaba su pregrado en literatura). Su padre se había suicidado durante su ausencia. Vivía, entonces, solo con su madre. Es difícil asegurar qué se rompió dentro de Campo Elías, pero es fácil deducir que la guerra le había producido muchos daños, heridas que cargó abiertas hasta su regreso a Bogotá y que cerró aquella noche matando a su madre de un tiro en la cabeza y a otras 29 personas inocentes, para luego suicidarse, dándose un tiro en la cabeza, al verse rodeado por la policía.
           En la novela, publicada en el 2002 y ganadora del premio Biblioteca Breve, la representación del mal se materializa en la trágica relación entre cuatro personajes: María, Andrés, el Padre Alberto y Elíseo (Campo Elías), quien es el artífice de la puntada final que une las tragedias de todos esos personajes en una sola, en la masacre de Pozzetto. Y, de alguna manera, ahora veo que Mario Mendoza logra unir todas nuestras tragedias en la representación de aquella. Al leer la novela no podemos ser ajenos al frío que recorre cada acción a medida que se acerca la noche de los hechos. Mendoza teje una red de sombras que cubren a la ciudad, a la misma Iglesia católica; la fe de la gente no vale nada ante tales manifestaciones del mal, lo único que vale es el miedo, el desconcierto.
         La película, dirigida por Andrés Baiz Ochoa, mejor conocido como Andi Baiz, fue su primer largometraje. Su trabajo fue reconocido con el premio a Mejor Película en el Festival de Cine de Montecarlo. La película, a pesar de suprimir a uno de los personajes y su historia (Andrés), logra centrarse en lo que, a mi juicio, busca imprimir la novela de Mendoza: aquel desarrollo, mutación inexplicable de las fuerzas del mal que logran someter a los hombres ante lo más oscuro de su naturaleza para sumergir, marcar, las vidas de todos en una tan inexplicable como ineludible tragedia. En Colombia las tragedias son muchas, todo acto de violencia no puede ser menos que una tragedia; sin embargo, aquí «Satanás» ─Elíseo, Campo Elías─ se convierte en un símbolo de toda esa miseria que rodea a la sociedad colombiana, la constante intromisión del mal en su forma más temible, en la constancia de lo inexplicable, de lo que no se encuentra en nuestro mundo. No en vano el slogan de la película es «no importa en qué creas, terminarás enfrentándolo».
Mientras sigo pensando en aquel programa ─tan, pero, tan mal hecho─ busco más información sobre la masacre en Pozzetto y me encuentro con un testimonio publicado en la Revista Soho: “Yo sobreviví a Pozzetto”. Primero pienso, «según esto el restaurante fue el asesino esa noche», pero obvio el tonto error y leo el texto.  Entonces confirmo todo lo que he venido concluyendo: esa noche la tragedia pudo ser de cualquiera, pero así es lo inexplicable y esa noche cayeron aquellas 30 personas, junto a otros 15 heridos que sobrevivieron y aún viven las secuelas de lo ocurrido, hasta el punto de afirmar que el espíritu de Campo Elías sigue atormentando a la gente del edificio donde vivía.
Aquella noche era 4 de diciembre de 1986, yo nací el 14, diez días después de la masacre; ese día que Campo Elías perdió la cabeza cualquiera pudo caer frente a su Mágnum.22. Por eso, yo también sobreviví a la masacre en Pozzetto, mi madre también, hasta mi hermana que nació once años después; ustedes también sobrevivieron, porque todos los días hay un nuevo Campo Elías, o varios, uno que quiere tu carro, otro tu reloj o tu celular, y tira del gatillo, dominado por lo inexplicable. Y, al mismo tiempo, gracias a lo inexplicable, no eres tú quien cayó hoy. 

domingo, 6 de febrero de 2011

“Cómo no. Con mucho gusto”

Dicen que los buenos modales no se aprenden, se heredan. O algo así, no estoy seguro. Puede que sea al revés. Capaz y en realidad se hurtan. En ese caso, imaginen que la primera oración está entre signos de interrogación.
Todos desayunábamos modales en el colegio y almorzábamos de lo mismo en la casa. Donde yo crecí el tema de los modales es menudo y cuestión de cada día. No importa el tiempo que pase, nos seguirán impartiendo modales en algún momento. No en vano el bogotano se ha ganado esa fama de «excesivamente educado».
Cada cultura tiene una configuración muy particular de lo que considera educado y lo que no. El latinoamericano no soportaría que alguien eructe en plena mesa, pero para un ruso o eslavo es un gesto de agradecimiento y satisfacción; dudo que alguno de ustedes no se incomode si alguien se sopla descaradamente la nariz en la mesa, pero para un australiano es algo completamente normal; en algunos países saludar de beso es un impase, en otros dar sólo uno es una descortesía. Todos tenemos un esqueleto de modales que cargamos como una cruz y a la vez llevamos como estandarte que nos representa e identifica ante otras culturas. Todos, absolutamente todos, cargamos con ello, no importa si somos africanos, árabes, gringos o chinos, cada quien crece con ese manual a cuestas; pero, de la misma manera llega un punto en el que todos somos capaces de decidir cuándo nos es útil o necesario usarlos, aprendemos a utilizarlos a nuestro favor, ya sea para causar una buena impresión o porque la situación verdaderamente lo amerite. En pocas palabras, no tardamos mucho en darnos cuenta que el concepto de «buenos modales» es algo totalmente abstracto, inaplicable, si se pone a la par de nuestros intereses, y condicionado por el contexto.
Pues, es tal la manipulación que nosotros hacemos de lo que conocemos como «buenos modales» que hay situaciones en las que es difícil encontrar alguna muestra de normas de cortesía. El transporte público es el ejemplo más visual. En cualquier ciudad del mundo es la prueba máxima del nivel de cortesía y tolerancia de cada quien. Es un medio cargado de tensiones, contacto físico no deseado, ni mucho menos consentido por alguno de los sujetos; es un escenario en el que es posible ver todo tipo de interacciones sociales. Les contaré una muy particular que me impulsó a escribir esta nota.
En un «carrito por puesto» ─medio de transporte que ni entiendo ni apruebo en una ciudad del tamaño y la cantidad de habitantes de Maracaibo– el conductor captó de inmediato mi atención y la de la persona que me acompañaba. El señor, sin duda, era colombiano. ¿Cómo lo noté? Sencillo, cuando alguien le decía dónde necesitaba bajarse, el señor decía «cómo no, con mucho gusto», una marca oral inconfundible, para mí. El señor era de Villavicencio, los llanos colombianos (ciudad en la que nacieron todo los hermanos de mi papá mientras que él fue el único bogotano), llevaba apenas año y medio en Maracaibo, y al escuchar cómo mi acento ya no era el propio de un «rolo» empezó a comentarme sus impresiones de cómo la gente se expresa en Maracaibo: «aquí uno dice “con mucho gusto, señor” y le responden “¿cómo!”. No entienden. Es que aquí no hablan español. Ni porque vayan a la universidad». El comentario me dejó mucho qué pensar. Dentro de su manera de ver las cosas, para el señor, hablar español requiere de esas normas de cortesía que le impartieron; si él las decía y la gente no las entendía, y de paso ellos no las usaban, ellos no estaban hablando su mismo idioma, y de paso, a sus ojos, no podían ser gente educada.
Sabemos muy bien que en Maracaibo los modales no se miden con la misma vara. Aquí las fórmulas de cortesía son distintas, a veces tan extrañas que por momentos parecen inexistentes, mas no lo son. Pero, aún así, aquel señor se sentía obligado a transmitir esos modales a la gente, contestar, tal cual, como si estuviera en Colombia, como le enseñaron cuando niño, seguramente golpeándole el dorso de las manos con un palo o una regla cada vez que no lo hacía, sólo que ahora él lo hacía con una sonrisa en el rostro y, por lo que pude ver, muy orgulloso de su misión.
Y así es como un conductor de carrito por puesto, colombiano, decidió imponerse como tarea enseñar buenos modales a sus pasajeros maracuchos, porque le parecía inaceptable que no le entendieran cuando les dice «cómo no, con mucho gusto».

Fotografía: Old Car

viernes, 28 de enero de 2011

Meine Katze


Todo parece indicar que los gatos se han puesto de moda. «Poner de moda» es una expresión que nunca tomaré en serio. Sin embargo, estamos hablando de gatos, esos diablillos vestidos de peluche que podrían dominar el mundo, sólo que tienen tanto ego que el mundo dejó de interesarles, y dentro de sus crecidas consciencias saben muy bien que tienen todo al alcance de sus adorablemente pretenciosas almohadillas. De manera que hablar de gatos como nueva imagen a estampar en todas las blusas de diseño europeo puede salirse de mi itinerario de burlas que para estos casos acostumbro.
                Para empezar contaré mi experiencia personal con los gatos: siempre me consideré una «persona de perros» hasta que mi mejor amiga de bachillerato me empezó hablar de su gata, y pude observar cómo estas mascotas eran capaces de hacer cosas geniales que los perros no lograrían ni con el mejor entrenamiento. Los gatos son capaces de ignorar, punto. No hablemos de lo que hacen a la hora de cazar; yo vi cómo el gato de esta amiga que les menciono se lanzó encima de un ratón que intentaba escapar por una pared del patio trasero de su casa, lo estranguló con sus patas delanteras mientras lo miraba directamente a los ojos y luego se lo llevó entre dientes, corriendo, sin que hubiese pasado más de un minuto en todo el acto. Eso me revolcó el mundo. Los gatos tienen tal consciencia del mundo que los rodea y, además, tal consciencia de la importancia que tienen ellos en ese mundo, que todo puede estarse cayendo a pedazos a su alrededor, pero si nada tiene que ver con ellos, lo máximo que harán es girar levemente alguna de sus orejas y, luego, seguir con su décimo-sexta hora de sueño del día. Aunque, noto que miento en algo, no llegué a estas conclusiones apenas con observar los gatos de mi mejor amiga, esto es el resultado de aquella experiencia y otros cuantos gatos que he conocido en el camino; como Luna, que un primero de enero llegó a mi casa a parir, tuvo dos gatitos, los cuidé por poco más de tres meses y poco a poco fueron desapareciendo, se fueron uno a uno y nunca supe a dónde. Y así hay otros cuantos que han llegado para irse. Pero hay un par que se han quedado: Haruki y Gala, que, pensándolo bien, más que quedado, se han apoderado de la casa de mis suegros. A Haruki (sí, como el escritor) lo adoptamos, Gala fue el regalo de un amigo, y verlos juntos es casi como ver a un Zar del Imperio Ruso junto a su pequeña princesa. Ahora puedo afirmar con toda seguridad que hay algo detrás de los gatos que ningún otro tipo de mascota puede ofrecer,  y, de paso, encuentro cada vez más difíciles de entender las razones que muchos dan para llamarse exclusivamente «amantes de los perros» y, a la vez, «aborrecedores de los gatos». Para mí, toparme con el mundo de los felinos, fue confirmar mi fascinación por el mundo animal, así que ni soy «persona de perros» ni soy «persona de gatos», ambos me asombran de muchas maneras posibles.
                Así que, como ven, los gatos entraron algo tarde en mi vida, y realmente pienso que me perdí de cosas fascinantes: tantas peleas contra sombras, muebles roídos, colas bamboleantes y, sobre todo, siestas que no parecen detenerse sino ser un extraño continuum en el tiempo y el espacio. Y ahora veo cómo de repente los gatos están en todas partes (y no me refiero a cómo cada vez hay más gatos huérfanos corriendo por las calles expuestos a morir de hambre o atropellados, dignas fuentes de inspiración de Don Gato y su pandilla). Los gatos, por alguna extraña razón, han captado más que nunca la atención de todos; lo supe cuando entramos a una reconocida tienda de ropa europea y por alguna razón casi todas las blusas de corte casual o juvenil tenían un gato estampado. El fenómeno de los LOL Cats en Internet es otro buen ejemplo de esta ola felina. De repente todos pueden ser amantes de los gatos, se podría decir, incluso, que los gatos son los nuevos perros.
                Y esto, verdaderamente, no representa mayor problema, en absoluto. Pero hay quienes se empeñan en encontrar un problema en todo. El problema, en este caso, es: qué será ahora de los pobres intelectuales amantes de los gatos. Su mascota, animal insigne, la representación de todo lo que un intelectual busca cuando fuma su pipa y acaricia el lomo de un persa obeso. Los gatos se están vulgarizando, y, a ustedes, no lo nieguen, les preocupa. Se puede hacer toda una lista de grandes escritores que han elogiado a los gatos; poetas, cuentistas y novelistas, artistas de todas las ramas, todos por igual los han adorado tanto o más que los mismos egipcios. Como breve ejemplo, tenemos a Cortázar y su famosa fotografía sentado en una sala junta a una ventana, con una cámara fotográfica en la mano y, del otro lado de la ventana, un curioso gato casi preguntándole «qué hace ahí ese barbudo gigantón sentado con ese aparato entre las manos», a lo que el idiota de Cortázar (porque a los ojos de un gato todos debemos vernos como idiotas) apenas le extiende el dedo índice como si fuera un bebé a punto de babearse. Y no es que mi intención sea entender todo lo que piensan los gatos, sería catastrófico para mi autoestima, para la de todos. Otro felinofílico fue el señor William S. Burroughs, otro escritor amante de gatos, quien en su libro Gato Encerrado, libro póstumo publicado por El Aleph, recoge una serie de anotaciones sobre gatos, sus gatos, los gatos en su vida y en sus sueños. ¿Qué pensaría el viejo Burroughs al ver tanto gato estampado, vulgarizado y convertido en un pobre payaso; o el mismo Edgar A. Poe al ver que El Gato Negro, la figura que lo inspiró a escribir uno de sus cuentos más reconocidos se ha convertido en lo que llaman el basement cat? La verdad es que seguramente se reirían igual que muchos de nosotros lo hacemos. Porque el gato no sale de esa ambivalencia que lo condena a un aire de petulancia y superioridad y al mismo tiempo lo convierte en una de las criaturas más tiernas, consentidas y descaradas del planeta.
                Sin embargo, hay quienes van más allá. Otro de estos escritores amantes de los gatos mucho más contemporáneo pero, por alguna razón, resulta casi tan lejano como Cortázar, Burroughs y Poe: el japonés Haruki Murakami. Éste es todo un maestro en lo que respecta a gatos porque, de hecho, se atrevió a intentar meterse en sus cabezas, reproducir de la manera más exacta posible su modo de comunicarse, e imaginarse lo que sería tener una conversación con uno de ellos. La novela Kafka en la Orilla narra la historia de un muchacho, que huye de su casa, y un hombre que después de un extraño accidente en su infancia durante la guerra puede comunicarse con los gatos; a pesar de ser un hombre ya maduro, nunca aprendió a leer o escribir, todo lo que sabe sobre el mundo lo ha aprendido de los gatos. Al leer aquellos gatos hablando con el personaje, llamado Nakata, podemos fácilmente confirmar, si tenemos un gato cerca, que es exactamente lo que nos dirían y como nos lo dirían si pudiéramos entender su idioma. Pero, lamentablemente, estas son sólo cosas locas que pasan en los libros; por supuesto, nadie es capaz de comunicarse con un animal. Entonces me pregunto: ¿cómo ha hecho el mundo y el hombre para avanzar tanto en tantas cosas pero prácticamente nada en esto de hablar con animales?
                Dicho sea, entonces, los gatos no son un boom reciente, siempre han estado en todas partes y siempre lo estarán. Han sido parte de las vidas de aquellos que valoran ese espíritu místico que irradian. Las pruebas están en todo lo referente a ellos, en la literatura en que se han convertido.
Ahora que notan que están rodeados de gatos, tómense un tiempo, obsérvenlos. 

Fotografía: Meine Katze